No sigamos tensando la cuerda

Hoy me han enviado un artículo titulado La cuerda tensada. Lo he leído y, más allá de compartir o no todas sus conclusiones, me ha dejado pensando.

Pensando en España.

Pero, sobre todo, pensando en nosotros.

Porque quizá uno de los mayores errores que podemos cometer es creer que la convivencia democrática está garantizada para siempre, que determinadas cosas solamente ocurrieron en los libros de Historia y que nuestra sociedad es inmune a la división, al enfrentamiento y a la pérdida progresiva de confianza en las instituciones.

No lo es.

Una sociedad también se deteriora.

Y normalmente no ocurre de un día para otro.

Ocurre poco a poco.

Cuando dejamos de escuchar al que piensa diferente.

Cuando el adversario político deja de ser adversario para convertirse en enemigo.

Cuando cualquier decisión judicial es aceptada o cuestionada dependiendo exclusivamente de a quién beneficia.

Cuando atacamos a jueces, periodistas, policías, funcionarios o instituciones simplemente porque sus actuaciones no coinciden con nuestros intereses.

Cuando dejamos de discutir sobre ideas y empezamos a discutir sobre personas.

Cuando la política deja de buscar soluciones y empieza a necesitar culpables.

Y, especialmente, cuando el miedo se convierte en una herramienta política.

No necesitamos otra trinchera

España conoce demasiado bien las consecuencias de dividir una sociedad en dos bloques irreconciliables.

Precisamente por eso deberíamos ser extremadamente prudentes cuando utilizamos palabras, amenazas veladas o discursos que presentan al contrario como alguien contra quien hay que combatir y no como alguien a quien hay que convencer democráticamente.

No creo que España esté condenada a repetir 1936.

Las circunstancias históricas, institucionales y sociales son completamente diferentes.

Pero eso no significa que debamos frivolizar con la polarización.

Nuestra particular “guerra civil del siglo XXI” probablemente no tendría trincheras ni fusiles.

Podría ser algo mucho más silencioso.

Familias que dejan de hablar de política para no discutir.

Amigos que se insultan por votar diferente.

Personas etiquetadas automáticamente como fascistas, comunistas, ultras o traidores.

Medios convertidos en trincheras ideológicas.

Redes sociales donde importa mucho más destruir al contrario que entender lo que está diciendo.

Instituciones sometidas permanentemente a sospecha.

Y ciudadanos que terminan creyendo que todo está manipulado y que ya nada merece confianza.

Cuando una sociedad llega hasta ahí, la democracia puede seguir existiendo formalmente y, sin embargo, la convivencia empieza a deteriorarse seriamente.

La democracia es mucho más que votar cada cuatro años

Las elecciones son fundamentales.

Pero una democracia no puede medirse únicamente porque existan urnas.

También necesita instituciones fuertes, separación y equilibrio de poderes, libertad de prensa, seguridad jurídica, transparencia, respeto a las minorías y, sobre todo, aceptación de unas reglas comunes incluso cuando el resultado no nos gusta.

Porque la verdadera prueba democrática no llega cuando ganan los nuestros.

Llega cuando ganan los otros.

Y somos capaces de aceptar el resultado, fiscalizar al gobierno, denunciar aquello que consideremos incorrecto y volver a intentar convencer a nuestros vecinos en las siguientes elecciones.

Eso es democracia.

Lo contrario es empezar a considerar que solamente existe democracia cuando gobiernan aquellos con los que coincidimos.

Y ese camino sí debería preocuparnos.

Tampoco todo vale contra quien gobierna

Y aquí debemos ser coherentes.

Si exigimos respeto institucional a quienes gobiernan, también debemos exigirlo a quienes están en la oposición.

No podemos denunciar la polarización mientras contribuimos a ella.

No podemos pedir respeto mientras insultamos.

No podemos reclamar democracia mientras negamos legitimidad a cualquiera que piense diferente.

Ni podemos convertir cualquier discrepancia en una acusación extrema.

Porque entonces terminamos haciendo exactamente aquello que criticamos.

Y esto vale para PSOE, PP, Vox, Sumar, Podemos, partidos nacionalistas, partidos independientes y para cualquiera que participe en política.

Para todos.

Sin excepción.

La sociedad civil debe poner el límite

Quizá esta sea la reflexión que más me preocupa.

Los políticos difícilmente van a rebajar voluntariamente una confrontación que electoralmente puede resultarles rentable.

Por eso existe una responsabilidad mucho mayor de la sociedad civil.

De empresarios.

Trabajadores.

Funcionarios.

Asociaciones.

Periodistas.

Profesores.

Jóvenes.

Jubilados.

Vecinos.

Personas normales que solamente quieren vivir, trabajar, criar a sus hijos, pagar sus impuestos y disfrutar de una sociedad razonablemente justa y tranquila.

Tenemos que empezar a decir basta.

Basta de enfrentarnos constantemente.

Basta de dividir España entre buenos y malos.

Basta de utilizar el miedo.

Basta de convertir cualquier discrepancia en odio.

Basta de pensar que quienes votan diferente son nuestros enemigos.

Podemos discrepar profundamente.

Podemos denunciar.

Podemos investigar.

Podemos exigir responsabilidades.

Podemos incluso indignarnos.

Pero jamás deberíamos perder de vista algo elemental:

después de las elecciones tenemos que seguir viviendo juntos.

Abramos las ventanas

Llevo tiempo defendiendo una idea que considero cada vez más necesaria.

Cuando una habitación se llena de aire viciado, hay que abrir las ventanas.

En política ocurre exactamente lo mismo.

Abrir las ventanas significa transparencia.

Significa límites al poder.

Significa instituciones independientes.

Significa políticos que entiendan que los cargos son temporales.

Significa ciudadanos que fiscalicen a quienes gobiernan, sean quienes sean.

Y significa recuperar algo que estamos perdiendo peligrosamente: la capacidad de respetarnos aunque pensemos diferente.

No sé hasta dónde puede tensarse una sociedad.

Y prefiero que nunca lleguemos a averiguarlo.

Porque todas las cuerdas tienen un límite.

Y cuando finalmente se rompen, ya importa muy poco quién empezó a tirar primero.

Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntar quién tiene más culpa y empezar a preguntarnos algo mucho más importante:

¿qué estamos haciendo cada uno de nosotros para que la cuerda no termine rompiéndose?