El código del miedo

Por Miguel Ángel Fernández Martínez

Hay una forma de hacer política que no necesita grandes discursos, carteles ni mítines. Es mucho más silenciosa y, precisamente por eso, puede resultar mucho más dañina.

Es la política del miedo.

En estos días me están llegando comentarios preocupantes sobre mensajes que estarían circulando en determinados ámbitos de Maracena. Rumores que relacionan la continuidad de puestos de trabajo, especialmente en servicios vinculados a la Ayuda a Domicilio, o incluso determinadas ayudas sociales, con el resultado de las próximas elecciones municipales.

No puedo afirmar quién está detrás de esos mensajes ni sería responsable hacerlo sin pruebas. Pero sí puedo hablar del fenómeno, porque desgraciadamente es tan antiguo como la propia política: hacer creer a una persona que su trabajo, su ayuda o su bienestar dependen de que continúen gobernando los mismos.

Y eso hay que combatirlo con información.

Tu trabajo no pertenece a ningún partido

Una trabajadora de Ayuda a Domicilio no trabaja gracias a un partido político.

Trabaja porque existe un servicio público, porque hay personas que necesitan atención y porque existen administraciones, financiación, contratos, convenios y derechos que no desaparecen porque los ciudadanos decidan cambiar un gobierno municipal.

Los servicios públicos no son propiedad de quien gobierna.

Tampoco lo son las ayudas sociales.

Una ayuda concedida conforme a unas normas, unos requisitos y unos procedimientos administrativos no debería convertirse jamás en una herramienta para generar dependencia política.

Quien recibe una ayuda no le debe su voto a nadie.

Quien trabaja prestando un servicio público tampoco.

El miedo funciona cuando existe necesidad

El mecanismo es sencillo.

No hace falta decir directamente: «Si no nos votas, perderás tu trabajo».

A veces basta con dejar caer una duda.

«Como cambien las cosas, no sabemos qué pasará».

«Estos quieren acabar con esto».

«Si entran otros, igual se pierden las ayudas».

«Tened cuidado con lo que votáis».

Una frase aquí. Un comentario allí. Una conversación aparentemente inocente.

Y el mensaje termina llegando.

Especialmente cuando se dirige a quien tiene una nómina modesta, necesita trabajar, tiene hijos, paga una hipoteca o depende de una prestación para llegar a final de mes.

Ahí es donde el rumor deja de ser inocente.

Porque se juega con algo demasiado importante: la tranquilidad de las personas.

Los servicios sociales no pueden convertirse en un caladero electoral

Durante demasiado tiempo hemos normalizado que determinados ámbitos sociales sean considerados espacios de influencia política.

Eso debería preocuparnos a todos, independientemente de nuestras ideas.

Los Servicios Sociales existen para atender a quien lo necesita, no para fabricar agradecimientos electorales.

La Ayuda a Domicilio existe para atender a nuestros mayores y personas dependientes y para generar empleo digno y profesional, no para crear trabajadores agradecidos a unas siglas.

Los recursos públicos los pagamos entre todos.

No los paga un alcalde.

No los paga un concejal.

No los paga un partido.

Los pagan los ciudadanos.

Y administrarlos durante cuatro años no convierte a nadie en propietario de ellos.

También hay que ser responsables

De la misma manera que denuncio este tipo de prácticas cuando existen, creo que también debemos ser extremadamente prudentes.

Un rumor no puede combatirse con otro rumor.

Si alguien tiene conocimiento directo de presiones, amenazas o condicionamientos relacionados con su empleo, una prestación o una ayuda pública, lo importante es documentarlo.

Mensajes, comunicaciones, instrucciones, testimonios o cualquier elemento que permita comprobar los hechos.

Porque las acusaciones serias necesitan pruebas.

Pero mientras se comprueba qué hay detrás de los comentarios que están circulando, sí podemos transmitir algo que no necesita ninguna investigación:

nadie debería votar con miedo.

El voto es tuyo

Dentro de unos meses cada vecino de Maracena entrará en una cabina electoral.

Y allí estará solo.

Sin alcaldes.

Sin concejales.

Sin partidos.

Sin jefes.

Sin compañeros.

Sin asociaciones.

Sin nadie mirando.

Ese pequeño espacio representa algo enorme: nuestra libertad.

Puedes votar a quien gobierna actualmente.

Puedes votar a la oposición.

Puedes votar a un partido grande, a uno pequeño, a una formación independiente o incluso decidir no votar.

Pero debería existir una condición imprescindible:

que sea tu decisión.

No la consecuencia del miedo a perder un empleo.

No el temor a dejar de recibir una ayuda.

No el agradecimiento obligatorio por algo que constituye un derecho.

Maracena necesita ciudadanos libres

Una democracia sana no se construye generando dependencia.

Se construye precisamente haciendo lo contrario: consiguiendo que las personas sean suficientemente libres para poder decir que no.

Que una trabajadora pueda votar tranquilamente contra quien gobierna sin preguntarse qué ocurrirá el lunes siguiente.

Que una familia que recibe una ayuda pueda cambiar su voto sin miedo.

Que un empleado público pueda expresar una opinión diferente.

Y que quien gobierna entienda que gestionar recursos públicos no le concede ningún derecho sobre la voluntad de quienes los reciben.

Si queremos mejorar nuestra política, empecemos por ahí.

Que nadie utilice la necesidad de las personas.

Que nadie convierta un derecho en un favor.

Que nadie transforme un puesto de trabajo en una deuda electoral.

Y, sobre todo, que nadie consiga que tengamos miedo de ser libres.

Porque cuando alguien necesita sembrar miedo para conservar un voto, quizá el problema no esté en quien puede dejar de votarle.

Quizá esté en quien teme perderlo.