Hay momentos en los que votar significa elegir entre diferentes proyectos políticos.
Y hay otros momentos en los que votar significa mucho más.
España se acerca a unas elecciones generales después de años de enfrentamiento, polarización, casos de corrupción y un deterioro de la confianza de muchos ciudadanos en quienes deberían representarles.
Y creo que ha llegado el momento de hacernos una pregunta muy sencilla:
¿Hasta dónde estamos dispuestos a normalizar lo que nunca debería ser normal?
Estamos conociendo investigaciones judiciales sobre presuntas maniobras para obtener información contra jueces, fiscales y miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Hemos conocido testimonios relacionados con la jueza que investigó al hermano del presidente del Gobierno que hablan incluso de intentar “eliminarla”. Será la Justicia quien determine exactamente qué ocurrió, quién participó y qué responsabilidades existen.
Pero solo el hecho de que semejantes actuaciones estén siendo investigadas debería preocupar profundamente a cualquier demócrata, vote a quien vote.
Porque aquí no debería importar si gobierna el PSOE, el PP o cualquier otro partido.
La Justicia no puede pertenecer a nadie.
La Policía no puede pertenecer a nadie.
La Guardia Civil no puede pertenecer a nadie.
Y las instituciones del Estado tampoco.
Vemos también situaciones difíciles de comprender.
Una huelga general convocada en plena precampaña electoral y una situación que incluso dirigentes socialistas han reconocido como inédita.
Una Puerta del Sol convertida durante días en una pequeña ciudad de tiendas de campaña, con calles, organización propia y ocupación de uno de los espacios más importantes de Madrid.
Una presión migratoria extraordinaria en Ceuta y otros puntos de España mientras policías desplazados para proteger nuestras fronteras denuncian dormir en condiciones indignas, con colchones deteriorados, hacinamiento y decenas de agentes compartiendo un solo baño.
Podremos discutir sobre inmigración. Y debemos hacerlo.
Podremos discutir sobre vivienda.
Sobre manifestaciones.
Sobre sindicatos.
Sobre izquierda y derecha.
Eso es democracia.
Pero lo que no deberíamos discutir es algo mucho más elemental: un Estado democrático tiene que respetar sus propias instituciones, proteger a quienes garantizan nuestra seguridad, hacer cumplir la ley y administrar el dinero público con absoluta transparencia.
Y quizá ese sea uno de nuestros grandes problemas.
Nos han acostumbrado tanto al escándalo que corremos el riesgo de dejar de escandalizarnos.
Una noticia tapa a la anterior.
Un caso de corrupción sustituye a otro.
Una investigación judicial ocupa unos días los titulares hasta que aparece la siguiente.
Y continuamos.
Hasta que lo extraordinario termina pareciéndonos cotidiano.
Yo llevo años defendiendo algo desde la política municipal que hoy considero todavía más importante a nivel nacional:
la política no pertenece a los políticos. Pertenece a los ciudadanos.
Los cargos públicos somos pasajeros.
Las instituciones permanecen.
Y cuando un político olvida esto, el ciudadano tiene una herramienta extraordinariamente poderosa para recordárselo:
su voto.
No deberíamos acudir a estas elecciones movidos únicamente por unas siglas, por una ideología heredada o porque “siempre hemos votado a los mismos”.
Deberíamos escuchar.
Comparar.
Preguntar.
Exigir explicaciones.
Leer más allá de los titulares.
Y después decidir libremente.
Porque tampoco creo que la solución consista simplemente en cambiar unos políticos por otros para repetir exactamente los mismos comportamientos.
España necesita recuperar algo mucho más importante:
el respeto a las instituciones, la separación de poderes, la ejemplaridad pública, la igualdad ante la ley y la confianza de los ciudadanos.
Necesitamos abrir las ventanas.
Que entre aire.
Que se investigue todo lo que tenga que investigarse, gobierne quien gobierne.
Que quien robe responda.
Que quien utilice una institución para intereses particulares responda.
Que quien abuse del dinero público responda.
Y que quien gobierne recuerde todos los días que ese poder no es suyo.
Se lo hemos prestado los ciudadanos.
Y podemos retirárselo.
Dentro de pocas semanas tendremos esa oportunidad.
Cada uno deberá decidir qué quiere para España.
Yo solamente pediría una cosa:
que nadie piense que su voto no sirve para nada.
Porque precisamente cuando una sociedad está cansada, decepcionada y harta de la política es cuando más importante resulta participar.
No para sustituir un fanatismo por otro.
No para enfrentar a españoles contra españoles.
No para cambiar unas trincheras por otras.
Sino para recuperar algo mucho más sencillo:
una democracia donde las instituciones estén al servicio de los ciudadanos y nunca los ciudadanos al servicio de quienes ocupan las instituciones.
España no necesita más trincheras.
Necesita más ciudadanos libres, críticos y exigentes.
Y quizá haya llegado el momento de abrir las ventanas de par en par.




